Y una noche llegó borracho…

Y una noche llegó borracho…
Este es un “relato” REAL, escrito por una madre de 43 años en referencia a un espisodio sucedido con el muy jovencito hijo de su esposo (menor de 18 años). El evento sucedió en agosto de 2014.

G llegó a casa alrededor de las 4 de la mad**gada luego de ir a bailar con sus amigos y amigas; le había pedido que volviese más temprano, y no me di cuenta hasta que lo tuve cerca el porqué de su demora: estaba eminentemente borracho. Totalmente borracho. Tanto que mientras yo veía una película, desvelada, desveladísima, y todos en la casa dormían, pude escuchar cómo le costó casi cinco minutos colocar la llave en la puerta y poder entrar. Al principio un poco me asusté, pensando que alguien quería entrar pero me tranquilicé cuando lo escuché murmurar en un tono algo elevado un insulto contra esa puerta que se negaba a recibirle la llave. Confieso que me reí para mí misma luego.

Vi cuando entró, ya que el ingreso es directo al oscurecido living comedor de la casa –ya que sólo la imagen de la televisión lo iluminaba-, chocando con su hombro el marco de la puerta y caminando en un muy evidente estado de ebriedad. Me paré y me acerqué a él, tratando de ver qué sucedía realmente. Lo olí y enseguida entendí. Le pregunté si necesitaba ayuda y me dijo que no; esbozó una negativa un poco entonada mientras sus ojos registraban velozmente a sus costados, perdidos, desorientados, con toda la sintomatología de alguien que había bebido más de la cuenta. Lo dejé que intente caminar sólo pero mucho trayecto no hizo, recostándose –me corrijo-, tirándose, en el sillón donde yo estaba mirando sin interés una película dos minutos atrás.

Le pregunté cómo se sentía y lo increpé, con cierta falta de autoridad al no ser su madre biológica, por haber bebido tanto. Me respondió que no pasaba nada, que estaba bien. Ciertamente no lo estaba. Ofrecí ayudarlo a llegar al dormitorio, evitando hacer ruido y que su padre se entere de lo que estaba pasando. Me dijo que en un momento iba, que sólo necesitaba quedarse sentado en el mullido sillón, lugar donde ya estaba, recostado sobre el respaldo. Parecía dormirse y despertarse, todo el mismo tiempo. Balbuceaba cosas que no se entendían, bajito, casi para sí mismo. Allí permaneció algo de diez minutos, que utilicé para ir al baño a orinar.
Cuando volví la imagen me sorprendió bastante más de lo que me venía sorprendiendo: sentado como estaba, con la cabeza reclinada para atrás, en visible posición cómoda, sacó su enorme pene del pantalón y se estaba masturbando con cierta dificultad. Sin dudas estaba haciendo total caso omiso al lugar y no estaba registrando mi presencia física ahí. Sencillamente se estaba masturbando (o eso intentaba).

Me quedé observándolo, sin decir nada. Sabía que debía frenarlo, ponerle un fin a la situación, que estaba mal tanto que yo lo mirase como que él estuviera haciendo eso en ese lugar, a esa hora, de esa forma. No lo hice. Dejé que continúe. Lo había visto desnudo en una fotografía que encontré revisando su celular pero jamás imaginé que el tamaño de su pija era tan anormal hasta que lo vi con mis propios ojos, en persona, a escasa distancia mía.

Parada, me apoyé en el marco de la puerta al pasillo y continué viéndolo. Me causaba curiosidad todo lo que estaba pasando. Él, su vergón, saber que yo estaba haciendo mal tanto como él. Lo iluminaba la cambiante imagen de la televisión, que se ponía más oscura o clara según cambiaban las imágenes. No pasó mucho tiempo, supongo unos pocos minutos, y despertó en mi temor que su padre o alguno de sus hermanos se despertaran y lo vieran. A esa hora de la mad**gada era casi imposible, jamás se despertaban para nada y, pensaba, en última instancia oiría a alguien bajar de algunos de los dormitorios del primer piso.

Admito no haber estado teniendo demasiado conciencia de todo, y haberme dejado llevar por lo que sucedía.

Me senté en el sillón, junto a él. Despacio, sin hablar y haciendo el menor ruido posible. Quería ver su pija más de cerca. A medida que me acercaba creía aún más de tamaño. Tanto que mi respiración se agitaba a cada paso que tomaba hasta que logré mi cometido. Permanecí sentada junto a él por algunos minutos, observando como seguía pajeándose, murmurando, esbozando pequeños gemidos de satisfacción por lo que hacía. Me sentí una pervertida, viendo como ese adolescente, que no era mi hijo, pero a quien debía cuidar como tal, me estaba acelerando el ritmo cardíaco y estaba comenzando a lograr que cometa pecados incontables.

La curiosidad, la aventura, el morbo me jugaron una mala pasada y ofrecí, sin preguntar ni realmente consultar, dar una mano. Sentada junto a él, extendí mi mano y lo hice que parara. Levantó con dificultad su cabeza y atinó a mirarme, con ojos totalmente perdidos. Su estado de ebriedad no le permitía reconocer quien era yo o se había dado cuenta pero no le importaba. Esa misma mano que frenaba lo que sucedía, se ocupó de darle continuidad a lo que él había comenzado: empecé a masturbarlo.

Le agarré el pene con la mano entera, con extrema delicadeza, y me percaté que o bien yo tenía manos pequeñas o su pija era demasiado grande: Estaba muy endurecida, con venas bombeando sangre a mil por hora formando un relieve que no dejaban dudas de que estaba sumamente excitando. Con la misma suavidad que le tomé el pene, comencé a subir y bajar la mano, en un largo recorrido entre la base y el glande. Lo hice con timidez al principio, probando su reacción, esperando que me dijera que me fuera o me increpara por mi acción. Nunca lo hizo y así continué.

Lo estaba masturbando en lo que era, sin ninguna duda, la pija más grande que jamás había visto o tocado. Y él sólo es un niño para mí. Extrañamente sentí que hacía lo que hacía en calidad no de madre sino de tutora; extendiéndole una mano en un momento de manifiesta necesidad, con ternura, convicción, refinamiento y una mutua y silenciosa aceptación de hacer y dejar hacer. Era un momento, nuestro momento. Ni amantes, ni parientes. Hombre y mujer.

Continué masturbándolo un extenso rato, perdiendo total noción del tiempo, supuse algo de treinta o cuarenta minutos; no lo sé a ciencia cierta, el reloj no me importaba, ya nada me importaba.
A medida que se repetían el rito de subir y bajar la mano, le apretaba gentilmente el pene cada vez un poco más hasta que el punto que le transmitía con eso mi última intención: quería que eyacule, que acabe. Él estaba entregado, colocando las manos al costado de su cuerpo, permitiendo que yo haga lo mío sin interrupciones ni cuestionamientos de ningún tipo, dándome a entender con leves gemidos que mi labor estaba siendo realizada con satisfacción y aprobación. Con el toque de una mujer y la clara misión de sacarle hasta la última gota de semen de esa descomunal pija. Y lo logré. Lo logramos.

Gimió con mayor intensidad hacia el final, su pene se sentía sólido como una piedra y las venas parecían explotarle. Mantuve el ritmo y la presión de la mano buscando que suceda. Lento pero no demasiado. Fuerte pero no tanto.

Cuando su cuerpo dijo basta, brotó de su glande una formidable cantidad de semen que empapó mi mano trabajadora. A medida que continuaba masturbándolo, seguía saliendo más y más. Parecía no tener fin ese líquido caliente y viscoso que se hacía lugar desde su escroto hasta la lejana punta de su pene. Fui bajando el ritmo y la velocidad hasta que no le quedó una gota más por eyacular.
Alejé mi mano y con la otra –no sin probarse tarea dificultosa-, guardé de costado su pene dentro de sus pantalones, escondiendo la escena de lo que había sucedido. Nadie que pasara por allí en ese momento hubiera sospechado lo que segundos atrás había acontecido. Su cara se transformó, se relajó, se despreocupó. Y allí lo deje, vestido como vino de la calle, durmiendo sentado.

Me levanté del sillón y fui al baño si hacer mucho ruido y sin prender la luz, permitiendo que la poca iluminación que entraba desde afuera por la ventaba se convirtiera en mi reflector. Trabé la puerta y me senté en el bordo de la bañera, mirando mi mano empapada, escurriendo semen. La situación me desbordó y algo que pasó por mi cabeza me dijo que no podía simplemente eliminar la evidencia lavándome las manos, que sería un desperdicio. La limpié con mi lengua, tragando cada gota de leche, lamiéndome la palma como un helado, succionando mis dedos como un sorbete, hasta que mi mano hubiese quedado completamente limpia. Allí tuve un orgasmo muy fuerte, como pocas veces sentí en mi vida. Se sintió como fuego que comenzó entre mis piernas y terminó en mi pecho. Sentada como estaba, mi cuerpo vibró a tal punto que tuve que taparme la boca a mí misma para evitar gritar de placer. Allí me quedé, sentada, por algo de diez minutos, tratando de recuperar mi aliento y mis fuerzas, me sentía débil y extremadamente relajada.

Luego, sí, prendí la luz del baño, abrí el grifo y lavé mis manos bajo agua tibia.

Destrabé la puerta, salí del baño y G seguía allí, sentado, durmiendo. Me sentí aliviada. Apagué la televisión y subí a mi dormitorio para recostarme. Cuando me coloqué la ropa del dormir, mi ropa interior escurría de mi propio flujo: estaba absolutamente empapada.
Me acosté a dormir, preocupada porque alguien pudiera haber escuchado o visto algo. Para mi tranquilidad, y agradable sorpresa, al día siguiente nunca había sucedido nada. Nadie mencionó o sospechó nada. ¿El crimen perfecto? Por el momento parecería que sí. El tiempo se encargará de probarme correcta o incorrecta. El mismo tiempo que maldigo por no haberme dado más de sí mismo la noche anterior en un momento que me hubiera gustado que dure para siempre.

L ¦

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