Una estadía en Mallorca, el cuarto d&iacute

Una estadía en Mallorca, el cuarto d&iacute
Una estadía en Mallorca, el cuarto día

El cuarto día era ya el penúltimo de nuestras fugaces vacaciones; unas vacaciones que yo no iba a olvidar nunca, con semejantes cogidas que me había pegado ese negro hermoso y viril…

Temprano por la mañana volvimos todos a la playa. Yo busqué al negro, pero no lo pude ver por ninguna parte. Con mis tetas al descubierto al igual que los días anteriores, me tumbé en la arena boca arriba a tomar sol, junto a mi dulce amiga Helena, ya que nuestros maridos decidieron caminar un poco por la playa para seguramente, hablar “cosas de hombres”…

Helena entonces me preguntó:
“Te gustó, amiga, verme coger con esos dos pibes? Tienen unas vergas increíbles, durísimas… y además los dos son incansables…”
Estallé en una carcajada que sorprendió a mi amiga; me incliné a besar sus labios y le confirmé que me había mojado al verla con esos dos tipos.

“Podríamos hacer una fiesta entre los cuatro, mientras tu marido y el mío patean la arena e intentan arreglar el mundo, qué te parece?”
Le confesé entonces que yo ya había encontrado a mi negro Eriq y que por nada del mundo lo cambiaría por otro, ni siquiera por un pibe incansable.

Helena se sorprendió por mi confesión; ella siempre me ha creído una mojigata que no se animaba a engañar a su marido.
Me dijo que en una hora iba a encontrarse otra vez con esos dos tipos en las mismas rocas donde la había visto la mañana anterior, allí iban a esperarla con sus vergas listas para hacerla disfrutar como a una perra.

Decliné la oferta y un rato después Helena miró su reloj, se incorporó, me besó dulcemente y se alejó por la orilla, en dirección a esas rocas…

Yo continué disfrutando del sol y un rato más tarde, al abrir mis ojos, vi cerca a Jorge. Estaba solo, sin rastros de Víctor por ninguna parte. Noté que Jorge miraba directamente a mis tetas, como lo hacía con disimulo cada vez que podía.
Me levanté y caminé hacia él. Entonces detrás de él vi a mi adorado esposo nadando cerca de la orilla.

“Estás mirando mis tetas?”. Le espeté mientras las devoraba con sus ojos.
“Bueno, ciego no soy” Contestó con una sonrisa socarrona.
“También puedo ver otras cosas” Dijo, mientras me daba su celular…

Allí estaba yo, sobre la piedra plana, con ese tremendo negro Eriq entre mis piernas, gimiendo como una perra y pidiendo que me cogiera más y más… El muy hijo de puta había filmado toda la cogida.
“Podría mostrarle a Víctor lo que haces mientras él toma sol confiado”.

Yo sabía que Víctor iba a enojarse si se enteraba que había estado cogiendo sin que él estuviera presente; así que le pregunté a Jorge cuál era el precio de su silencio.
Largó una carcajada y se volteó hacia el mar, para comprobar que mi marido seguía nadando cerca de la orilla.
“Tu maridito sigue muy entretenido, nosotros podríamos hacer lo mismo”.

Me indicó un camino entre las dunas, donde nadie podría vernos. Cuando llegamos a ese lugar entre arbustos, verificó que no había nadie cerca y se bajó el pantalón de baño, mostrándome su verga ya bastante erecta.
“Podrías empezar saludando a mi amiguito” Me dijo alegremente.

Caí de rodillas sobre la arena y enseguida me metí esa magnífica pija en mi boca. Me daba mucha bronca ser obligada por este turro, pero su verga era increíble y mientras se la chupaba, sentía que mi concha comenzaba a humedecerse bastante rápido.
Jorge gemía sintiendo mi lengua alrededor de su verga, que ahora cada vez se ponía más dura. De repente la sacó de mi boca diciendo:
“Vamos putita, ahora vas a entregarme esa conchita bien mojada”.

No se equivocaba, yo sentía mis fluidos saliendo por los costados de mi tanga, pero no podía hacer nada para evitarlo. Me puse en cuatro patas sobre la arena y me corrí la tanga a un lado, esperando su embate.

Pero entonces me tomó por los cabellos y me obligó a incorporarme.
“Así de pie; no me gusta meterla en conchitas sucias de arena”.
Me reí a carcajadas con semejante ocurrencia, pero entonces me hizo girar y sentí que apoyaba su tremenda verga endurecida contra mis nalgas.
“Ahora no vas a reírte tanto cuando pruebes lo que es bueno”. Me dijo.

Tenía razón; su pija entrando en mi concha bien lubricada me hizo ver las estrellas, a pesar de que la excitación la había humedecido y dilatado bien.

Se aferró a mis pechos con sus poderosas garras y comenzó a bombearme así de pie, en medio de las dunas. Nadie podía vernos, pero lo contrario habría sido más excitante todavía.
“Te gusta así… yo te cojo mejor que tu marido… mejor que ese negro?”
Pero yo no podía responderle, mi boca estaba abierta buscando aire y no me salía un solo gemido, menos todavía una respuesta para este turro.

Me cogió así con buen ritmo y una pasión desenfrenada durante casi diez minutos. Sentí varias oleadas de placer empalada en esa verga majestuosa, pero no llegué a alcanzar ni un solo orgasmo. De repente Jorge embistió con más potencia y dejó su pija quieta unos segundos en el fondo de mi concha. Entonces sentí que él temblaba y descargaba una buena cantidad de semen hirviente dentro de mi cuerpo.

Se salió y me aferró por los cabellos, obligándome a caer de rodillas frente a él. Me hizo lamer su poderosa pija hasta que estuvo bien limpia y después se acomodó su pantalón de baño.

“Vas a devolverme ese video que filmaste antes de mostrarlo a otra gente?”
Sonrió al escuchar mi pregunta. Se inclinó hacia mí y metió uno de sus gruesos dedos en mi orificio anal, abriendo mi esfínter como si nada…
“Después de probar este culito bien estrecho, te lo prometo, putita…”

Se alejó riendo, advirtiéndome que esperara allí un momento antes de regresar, para no despertar sospechas si nos veían juntos Helena o Víctor.

Me quedé echada en la arena, pensando la mejor manera de evitar tener que entregarle mi culo a este hijo de puta. Ya se me ocurriría algo, pero ahora, mientras regresaba a la orilla, pensé que me llevaría a Víctor derecho a la cama, para sacarme la calentura que Jorge me había provocado y que no había quedado satisfecha del todo…

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