En la terraza, a solas con mi vecino

Anal

En la terraza, a solas con mi vecino
Viviendo en Villa Urquiza; en una época teníamos como vecinos a una pareja bastante escandalosa a la hora de tener sexo.

Las paredes de ese edificio parecían ser bastante delgadas; porque se podía oír con claridad hasta los gemidos sexuales más suaves.

A vuestros vecinos apenas los habíamos cruzado en el palier de la entrada; pero sabíamos que se llamaban Martha y Daniel.

Víctor se reía cada vez que oíamos loa aullidos y gemidos de esa mujer mientras el marido la embestía. Me decía que, seguramente, ellos también disfrutarían mis gritos y gruñidos de placer cuando él me tenía ensartada en cuatro y enfrentando a esa pared…

Algunas veces, hasta podíamos sentir los golpes de la cabecera de la cama de ellos contra la pared. Era evidente que ese hombre se comportaba como un salvaje. Se notaba cuando acababa, porque sus jadeos se convertían súbitamente en gruñidos y alaridos.

A mí en especial, me excitaban los gemidos de Martha cuando anunciaba que estaba a punto de acabar. Eso me volvía loca y, si no estaba Víctor en la cama conmigo; me tenía que masturbar para aplacar esa calentura que me provocaba el tener que oír a esa gente al otro lado de la pared.
El marido la llamaba “puta” y Martha aullaba mientras aguantaba unas series de azotes por parte de él…

Una mañana, estando Víctor de viaje, me crucé con ese hombre en el ascensor. Lo miré con disimulo. Era un gigante; con manos grandes, modales un poco duros. No era muy apuesto, pero daba una sensación de fortaleza y, por sobre todo, yo pensaba que tendría una verga descomunal, que tanto hacía gritar a Martha.
Fugazmente, le miré la bragueta y pude ver que, en efecto, allí abajo había una protuberancia enorme. En ese momento, el tipo me sorprendió con mi mirada perdida en semejante paquete. Me puse colorada; pero él no dijo nada.

Al llegar a la planta baja, salí del ascensor delante de él y me dirigí a la entrada moviendo mis caderas. Esa mañana estaba caliente; sin haber cogido con Víctor en tres días y estaba deseosa que el tal Daniel tomara la iniciativa; pero no sucedió nada.

Un par de noches después, estando en la cama con Víctor entre mis muslos; pudimos escuchar con claridad los gemidos y jadeos de ellos. Le supliqué a mi adorado esposo que no se detuviera y al final tuve un orgasmo muy intenso; imaginando que era nuestro vecino Daniel el que me estaba penetrando y haciendo gritar como una perra. Víctor quedó sorprendido y de repente entendió todo: ese ha pareja me excitaba tremendamente y me tenía muy caliente.

Otro día Martha apareció en mi puerta pidiendo una taza de aceite. Mientras conversábamos, ella sacó el tema de las paredes tan delgadas y los ruidos que podían oírse con claridad a través de ellas. Me preguntó si los ruidos que hacían ellos nos perturbaban en algo.

Me reí y terminé confesándole que sus gemidos y jadeos solo me excitaban de más y por ello acababa yo también gritando a lo loco mientras cogía con mi marido.

Agregué además que seguramente ellos nos oirían a nosotros; ya que yo también siempre fui bastante escandalosa en el momento de acabar en mis intensos orgasmos muy audibles…

Me contestó que no nos oían con frecuencia; como quitándole importancia al tema.

Confesó que su esposo Daniel era muy bien dotado y, la mayoría de las veces, le provocaba bastante dolor ser penetrada por semejante verga. Ella no podía evitar aullar y gritar sin control.
Agregó que siempre discutía ese tema de gritar con su esposo y que seguramente nosotros estaríamos oyendo del otro lado de la pared. Pero el tipo le dijo entonces que, si él pudiera cogerme, con toda seguridad yo chillaría desesperada como lo hacía Martha.

Finalmente me despedí de mi vecina; pero me quedé pensando en lo que le había dicho su esposo; que si él pudiera cogerme con su enorme verga, yo también gritaría como poseída…

Eso me perturbó un poco; pero a la vez me excitó muchísimo. Fui al baño y encontré que mi tanga estaba humedecida; solo de pensar en la verga de Daniel cogiéndome en cuatro, mientras él me llamaba “puta” y me azotaba el culo…

Con la llegada del verano, descubrí que Daniel por las tardes subía a la terraza, vistiendo solamente una pequeña zunga estilo brasileña y una toalla grande. Llegué a verlo de espaldas y la visión de su trasero casi desnudo y su cuerpo musculoso me hicieron mojar.
Mis piernas flaquearon y tuve que contenerme para no saltar sobre ese cuerpo.

Algo intrigada, esperé unos minutos y también subí a la terraza.
Abrí la puerta sin hacer ruido y avancé muy despacio.
Entonces hice un descubrimiento interesante: mi vecino tomaba sol completamente en bolas; recostado sobre la toalla. Era verdad lo que ya me imaginaba: su verga era enorme. Estaba en reposo, pero medía tanto como la de mi esposo en plena erección…
Volví a humedecerme de solo admirar semejante pija. Era larga, pero además bastante gruesa. Martha tenía razón en gritar tanto.

Mientras miraba esa pija, comencé a acariciarme los labios vaginales por encima de mi tanga ya humedecida. Tan concentrada estaba haciendo eso, que no reparé en que Daniel había abierto los ojos y me estaba observando.

Me miró fijamente y yo me puse colorada; pero no saqué mis dedos de debajo de mi breve falda. A él no pareció importarle demasiado ser espiado; sino todo lo contrario: agarró su gran verga con una mano y comenzó a masajeársela, mientras me miraba directo a los ojos; en silencio…

La vi crecer de una manera increíble y terminé de empapar mi concha. Casi acabé de tan solo mirar esa verga tan grande.

De repente Daniel me hizo una seña con su mano libre, para que me acercara a él. Con mis piernas temblando me movía hacia adelante y él me preguntó si me gustaba lo que estaba viendo…

Por toda respuesta, deslicé mi tanga hasta los tobillos y puse un pie a cada lado de su cuerpo recostado en la toalla. Lo miré fijo a los ojos y fui descendiendo sobre su cuerpo; hasta sentir que la gruesa punta de esa cosa enorme rozaba mis labios vaginales dilatados y lubricados por mi propia calentura.

Me apoyé sobre sus anchos hombros y continué descendiendo; mientras sentía que su dura verga comenzaba a abrir mis paredes vaginales, causándome algo de dolor…

Empecé a subir y a bajar sobre su magnífica verga; pero de pronto Daniel me aferró por la cintura y me alzó; para enseguida empujarme hacia abajo con todo. Me hizo ver las estrellas cuando su pija enorme se enterró por completo en mi vagina.
Después se levantó del suelo mientras me sostenía por mi cola y me llevó hasta una de las paredes de la terraza.

Allí me apoyó de espaldas y me sostuvo en el aire mientras me embestía la concha brutalmente. Comencé a aullar de dolor y placer, mientras Daniel sonreía sin dejar de bombearme…

Tuve dos orgasmos consecutivos mientras subía y bajaba sobre su pija dura. Por fin Daniel se quedó quieto y pude sentir una tremenda descarga de semen hirviente dentro de mi castigada concha.

El tipo se relajó y me alzó por mis caderas, para que su tremenda pija pudiera salir de mi concha. Cuando me depositó en el suelo tuvo que sostenerme, porque mis rodillas flaquearon y casi me caí.

Se rió al ver mi deplorable estado luego de ser abusada por su verga y me preguntó si yo quería más…
Apenas pude balbucear que sí; quería más; a pesar de sentir mi concha destrozada a golpes de pija.

Entonces me empujó al suelo y me hizo poner en cuatro.
Le adiviné las intenciones y le supliqué que no me diera por el culo; porque iba a terminar hospitalizada si intentaba sodomizarme con semejante verga…

Daniel volvió a reír y de repente sentí que mi concha se dilataba otra vez, mientras la cabeza de esa serpiente dura penetraba nuevamente hasta el fondo de mi bien lubricada vagina…

Me bombeó con poca delicadeza y pronto me robó otros dos orgasmos muy intensos; mientras yo cerraba mis ojos; abría mi boca para gritar a todo pulmón y me entregaba a ese bruto para que me cogiera sin tenerme piedad.

Cuando Daniel se aferró a mis caderas para acabar dentro de mi concha; otra vez sentí un intenso orgasmo recorriendo mi cuerpo.

No podía quejarme; mi vecino me había hecho acabar cinco veces.

Se salió de mi concha y me dijo que me esperaría a la misma hora al día siguiente; pero me advirtió para que me dilatara mi estrecha abertura trasera antes de subir a la terraza…

Bajé la mini falda de mi cintura y me agaché a recoger la tanga de algodón empapada; pero Daniel estiró su mano y dijo que la guardaría como recuerdo. Me comió la boca en un beso húmedo y me ordenó que lo dejara tranquilo: todavía podía disfrutar un poco más del sol…

Regresé a mi departamento arrastrándome por el pasillo. Antes de ir a darme una ducha, revolví la caja donde guardaba mis juguetes.

Encontré un dilatador anal ideal para mis necesidades.
No quería sentir tanto dolor al día siguiente, bajo el sol…

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