BIl-Don-Bil

BIl-Don-Bil
No sé si un relato puede ser sustitutivo de algo, pero es mi respuesta cuando alguien me pide algo que no puedo darle. Orteg74 y quien se pudiera sentir identificado, espero que os guste.

Descendí los cuatro escalones del autobús con nervios, buscando entre las caras arremolinadas junto a la dársena un rostro que expresara la misma curiosidad que yo sentía. Por fin iba a conocer al dueño de aquella polla de ensueño que no me cansaba de ver en Internet. Lo había conocido a través de una página web de vídeos porno. Su imagen de perfil era una perspectiva de su rabo tieso, ligeramente desde abajo, lo que hacía que pareciera aún más grande, que no más apetitoso, pues eso era simplemente imposible. Además estaba cerca. De inmediato mi mano guió el ratón hasta la pestaña de solicitud de amistad, y con un simple click comenzó esta historia. Cuando al cabo de un rato una alerta me avisaba que la propuesta había sido aceptada, volví a su perfil, a navegar por la galería titulada “My cock” ya que sólo estaba disponible para los amigos. De cerca, de lejos, depilada o con una mata de pelo cubriendo la base, sujeta por la mano o desafiando la gravedad, bajo la ducha o asomando por el lateral de un calzoncillo incapaz de retener semejante potencia, pero siempre erecta y siempre dura. En los minutos que permanecí observando sus fotos, yo también saqué a la luz mi pollita, tan diferente, y me masturbé sin prisas por acabar.
No rumié mucho las ganas, en cuanto pude le dejé un par de comentarios en sus imágenes y le mandé un mensaje privado. No recuerdo la frase exacta, pero algo del tipo “me encanta tu rabo”; tal vez hubiese deseado escribir “me encantaría tener tu rabo en mi boca”, o “quiero sentir tu rabo follándome”, pero no quería resultar demasiado desesperado. Esperé, igual de nervioso que hoy al bajar del autobús que me ha traído a su ciudad, a que él contestara. Lo hizo agradeciéndome el halago. Desde entonces una sucesión de mensajes aislados nos tuvo en contacto hasta que un día coincidimos.
– Hola. Me encanta tu polla, es enorme. Ya te lo había dicho, pero no me canso de mirarla- le escribí.
– Hola, vaya, gracias, es normalita, no te creas- contestó.
– Normalita? Tienes un señor pollón-. Ahí se inició un diálogo en el que confirmamos que la ubicación que venía en la página se correspondía con la realidad, y nos preguntamos alguna cosa no demasiado trascendente.
– Te defines como bisex- me dijo de pronto- ¿eres más de hombres o de mujeres?-.
– Ahora mismo prefiero un hombre- confesé.
– ¿Para mamar, follar?- quiso saber.
– Contigo, lo que tú quieras-. Y él finalizó la conversación con un lacónico Ok.

Tras una serie de días en los que no le vi conectado y todo lo que podía hacer era mirar y remirar las fotos de su polla que él seguía colgando y mandarle un saludo que nunca pasaba de ahí, recibí un mensaje privado suyo. Eran unas indicaciones muy precisas: el día, la hora, incluso el autobús que debía coger para encontrarme con él. Me decía que me tenía organizada una sorpresa. No había contado conmigo, ni siquiera me había preguntado si yo podía, pero no estaba dispuesto a perder la oportunidad. Le contesté que allí estaría en el lugar y la hora indicadas, y ahora, aquí me encuentro, bajando del autobús en el que durante la hora de trayecto he venido fantaseando con tener por fin ese pollón sólo para mí.
Lo he visto de sopetón, al apartarse de pronto un par de personas que había delante, e inmediatamente he sabido que era él. Podía decir que se le notaba el bulto en el pantalón, he mirado lo confieso, pero en realidad era más bien discreto, casi anónimo. Se ha dirigido a mí por mi nick en la página porno, nos hemos saludado con un masculino apretón de manos y me ha pedido que lo acompañara. Durante los escasos diez segundos en los que me deja pasar delante en unas escaleras mecánicas siento, tal vez debiera decir deseo sentir, que me mira el culo. En esos pocos segundos repaso mentalmente mi apariencia interna y externa, maldigo la ropa que he escogido y finalmente me concedo la absolución, así estoy bien. Estoy más nervioso si cabe ahora, cuando hacer real lo soñado se ve tan cerca. Corrige mi trayectoria cuando yo me encamino a la salida principal. – Por aquí- me dice, y yo lo seguiría al fin del mundo. En realidad no vamos tan lejos. Entramos en un centro cultural pegado a la estación de autobuses, apenas medio minuto andando. Me pregunta si quiero tomar algo, contesto que no, y él dice que mejor con una sonrisa lasciva asomando a sus labios. Pasamos de largo la cafetería y ascendemos unas escaleras hasta la primera planta. Allí, esperando junto a los ascensores, mientras yo pienso en qué me puede tener preparado, coincidimos con una mujer.
– Él es nuestro amigo- informa el chico a la mujer nada más cerrarse las puertas del elevador y quedarnos solos. Ella asiente y yo digo que encantado. Mientras el aparato sube hasta la última planta observo a la mujer y trato de adivinar cual es su papel. Sospechosamente rubia, debe rondar los cuarenta y cinco, delgada, un buen culo que ayudan a mejorar unos tacones de unos diez centímetros de altura. Lleva un maquillaje pálido y demasiada sombra de ojos para una mañana gris como aquella. El timbre y la apertura de las puertas me sorprenden e interrumpen mi observación. Salimos, delante nuestro una cristalera, al otro lado una terraza y al fondo una vista de su ciudad. Me invitan a salir al exterior, y cuando estamos apoyados en la barandilla me dice:
– ¿Me la quieres comer aquí?-. Yo tartamudeo. Miro a mi alrededor, no hay nadie pero es un lugar público, transitado, y con una gran visibilidad desde la calle incluso. Si no hay otro remedio será allí, pero preferiría otro sitio. De pronto él ríe a carcajadas y ella le imita, estaban bromeando. – Anda, mejor vamos a los baños-.
A estas horas el lugar está desierto, pero se toma su tiempo abriendo todos los cubículos de los servicios de caballeros para terminar eligiendo el último de la fila. Sostiene la puerta con el brazo extendido invitándonos a pasar a la mujer y a mí. El lugar es pequeño, apenas hay espacio para poder girarse a cerrar el pestillo. De pronto me veo encajonado entre ellos y el inodoro. Él mira hacia la taza y yo entiendo que debo sentarme. Como si me gesto hubiera puesto en marcha los resortes del juego, en cuanto mi trasero se apoya en la taza, ambos comienzan a mover sus ropas para acabar sacando a la luz sus respectivos sexos. No dicen nada, me ofrecen ella su concha, manteniendo el vestido levantado con las dos manos, y él su polla emergiendo de la bragueta bajada. Todavía no tiene la magnificencia que he visto en la web, pero no tengo dudas; acerco los labios y comienzo a tragarme su rabo. Me lo meto entero ahora que todavía no ha crecido ni se ha hinchado. Cuando me la saco lo miro. Gime con los ojos achinados y ella, tal vez decepcionada por mi elección, ha soltado los bajos de su vestido escondiendo de nuevo su sexo. Vuelvo a mi cometido. Agarro su pene débilmente, con un par de dedos, lo suficiente para levantarlo un poco y dirigirlo hacia mi cara. Cuando vuelvo a introducirlo en mi boca, la mujer coloca una de sus manos en la parte posterior de mi cabeza y la empuja, haciendo que toda aquella polla entre completa en mi boca. Ahogo una arcada y en el viaje de vuelta la relamo con mi lengua. Desde entonces será así, en cada cabeceo, las uñas de aquella extraña mujer rasgarán la piel de mi nuca mientras acompaña mi gesto.
La polla de él ha comenzado a crecer al hacer de mi boca. Tiro de la piel y hago aflorar el capullo; antes de introducírmelo una vez más en la boca, lo lamo con gula. Mis ojos se desvían del horizonte que es para mí su vientre para seguir el movimiento de su mano hacia el sexo de la chica. Ella le ayuda, yo compruebo, como me había parecido antes, que no lleva ropa interior. Me centro en seguir mamando una polla que ya me entra a duras penas en la boca, cuando siento una mano decidida que agarra mi muñeca y mueve mi brazo. Me hace tocar el coño de la mujer mientras sigo mamando. Al poco no es mi mano lo que agarra, sino mi cabeza, me hace moverla para dirigirla al pubis depilado de la mujer. La acción de mis labios y mi lengua cambia al comer aquel otro sexo tan diferente. En cuanto la presión de sus cuatro manos desaparece, yo me las apaño para regresar a degustar el pollón del chico. Cierro los ojos, abro al máximo la boca y me reto a ser capaz de tocar con su capullo mi campanilla.
Cuando abro los ojos ella está agachada en cuclillas a mi lado. Él saca su cipote de mi boca y la orienta hacia ella. Observo con envidia como traga. Muevo mis manos para hacer como ella y marcarle el ritmo y la profundidad de la mamada agarrándole la cabeza, pero de un manotazo me aparta. No me queda más remedio que esperar a que él se convenza de que yo la mamo mejor y vuelva a mi boca. Así lo hace, tan sólo unos segundos. La mete en mi boca, la saca, y la lleva a la de la mujer. A continuación regresa a mí. Durante los minutos que dura ese juego de alternancias yo pongo todo mi empeño en demostrarme que soy mejor que cualquier dama en estas artes. La irrupción de alguien, unos pasos, el sonido de la cisterna y del agua del lavabo nos sorprenden en mi turno de mamada. El dueño de aquella polla impone el silencio manteniendo mi cara pegada a la tela de sus vaqueros, sin dejarme respirar hasta que el silencio vuelve a campar al otro lado de la puerta. Cuando libera mi cabeza toso y echo babas sobre su enorme rabo.

Parece que mi atragantamiento ha marcado el final del primer acto. – Bájate los pantalones- me ordena, y yo me quedo petrificado hasta que él no suelta el botón de su vaquero. Luego le imito y compruebo la diferencia entre mi polla oscura y encogida y su tremenda verga cubierta por mi saliva.
– Inclínate…así, más abajo-. Adopto la postura que él me pide, las piernas separadas y abiertas y el tronco echado hacia delante, mientras la mujer permanece arrodillada buscando algo en su bolso. Cuando por fin se incorpora observo que tiene entre sus manos un consolador, una especie de tubo alargado, de unos doce o trece centímetros, y yo me pregunto sus intenciones. Las dudas se me disipan cuando ella se interpone entre el chico y mi ano. Los dedos de su mano izquierda tiran de mi piel mientras acerca el objeto con la otra mano. Lo mueve, presiona, yo cierro los ojos esperando el momento en que lo meta, y de repente me sorprende retirándolo. Lo hace para volver a acercarlo. Ha tenido la delicadeza de escupir en la punta para facilitar la lubricación. Cuando su mano vuelve a orientarlo, me penetra decidida. Yo doy un respingo y ella se detiene. No es una polla, no tiene un capullo que repose dentro, y yo trato de calcular qué porción del objeto se aloja ya en mi culo. Sin verlos, siento que se mueven, el espacio es escaso y me golpean en los pies. El gemido de ella me delata que están follando.
En fila. Formamos un trenecito en el que él empuja y la chica expande el movimiento colándome más y más aquel juguete en el ano. Lo mueve, lo mete, lo saca, nunca completo, al principio a un ritmo más o menos constante, luego sin orden ni concierto, según va sintiendo las acometidas de aquel pollón en su coño. Me folla, me está follando, trato de convencerme, y en cierta forma es así, aunque sea el último vagón del convoy, aunque sea a través de una persona interpuesta y un objeto inerme y no en primera persona y con su gruesa polla palpitante. Él empuja, ella apoya las palmas de sus manos en mis nalgas y de vez en cuando entierra un poco más el objeto que rellena mi culo. Cuando las manos de la mujer llevan un rato sin mover el consolador en mi ano, giro el cuello buscando una razón. Están practicamente erguidos, él la sostiene y ella, cada vez que aquel pollón la penetra con fuerza da un respingo; para evitar que gima demasiado alto él le está colando los dedos en la boca y ella se lo agradece moviendo la lengua como una loca. Adivino el momento en el que se avecina el orgasmo, él la agarra de una teta, ella busca apoyar su mano en la pared para no tambalearse. Imagino la descarga de flujos que estará bañando en ese instante mi pollón soñado y me muero por lamerlo.
De pronto él sale de ella, viene hacia mí, me girá, me vuelve la cabeza. No me hace falta intuirlo a mi espalda, siento las idas y venidas de su mano masturbándose, y al hacerlo golpear una y otra vez mis nalgas. No me la va a meter, ya me he dado cuenta, no voy a poder sufrir la dulce condena de verme abierto en canal por su magnífica verga, pero quiere terminar sobre mi ano. Supongo que ella se ha recuperado del orgasmo cuando siento una mano retirar el juguete que dilataba mi trasero y sus uñas clavándose en mi piel ayudan a mantenerlo abierto. Tal vez fuesen sólo pocos segundos, pero a mí se me hizo eterna la espera, hasta que finalmente pude sentir la cálida descarga de su leche sobre mi cuerpo; se colaba cayendo lento por mi recto, se estancaba sobre mi culo o comenzaba a resbalar hacia mis muslos. El agitado respirar del chico, el sonido de una hebilla metálica al moverse, me hicieron ver que se acercaba. Su polla todavía boqueaba cuando la vi en primer plano; abrí la boca y el la coló dentro. Con la lengua me esmeré en limpiar los últimos restos de su monumental corrida con cierto retrogusto a hembra, mientras, a mi grupa, sentía los labios de la chica moverse por mi cuerpo, rebañando con la lengua, casi con la misma ansia que yo lo hacía, el semen con el que aquel pollón me había regado.
Al cabo de unas horas, cuando regreso a mi casa en otro autobús, saco mi móvil, navego por la página porno hasta encontrar su perfil, y mis dedos teclean ágiles y decididos un comentario: Gracias. Espero hacerme merecedor de más la próxima vez.

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